Das un puñetazo a la pared. Los nudillos de tu mano derecha te duelen, se te ponen rojos, te molesta, pero vuelves a golpearla. Cambias de mano y golpeas una vez, dos, tres. Cambias de mano, golpeas con la derecha y vas cruzando golpes. El gotelé empieza a saltar de la pared, pero no te detienes. Tus nudillos se te empiezan a inflamar, lo notas. Das otro puñetazo y ves un punto rojo en la pared. Golpeas otra vez y ves que hay dos puntos, el reciente es más grande. Sigues pegando puñetazos a la pared. Se empieza a teñir de rojo. Sigues y sigues golpeando. Gritas, y golpeas más fuerte. Tus manos están empapadas de sangre. El color verde original de la pared ya no se ve, sólo se ve rojo en el cemento, ya no queda gotelé. Te paras, te apoyas en la pared, justamente en la mancha de sangre. Gritas fuerte, hasta que te duele la garganta. Levantas la cabeza mirando al cielo y vuelves a gritar. Dejas de gritar y te vuelves a apoyar contra la pared. Cierras los ojos, aprietas los puños fuertemente, los sueltas y los vuelves a apretar. Repites este gesto varias veces. Oyes gotas caer al suelo. Son gotas de sangre de tus manos, apretar y soltar los puños hace que la sangre fluya más por tus dedos. Te duelen. Sigues apoyando contra la pared. Rompes a llorar. Levantas la cabeza, abres los ojos. Te miras las manos, chorrean sangre. Te vas a la cocina, tu novia espera allí. Ha oído todo, los golpes, los gritos, todo. Te mira y ves tus manos. Te las con las suyas. - ¿Por qué has hecho eso?
- Estaba muy enfadado, tanto que quería pegarle a algo.
- ¿Y por qué a la pared?
- Porque no pienso pegarte a ti nunca, jamás te levantaría la mano. Tranquila, lo pagaré.
Ella le mira y se abalanza sobre él para abrazarle. Él la detiene. Ella le mira con cara de asombro. Él siempre ha adorado sus abrazos.
- ¿Por qué no quieres que te abrace?
- Me has hecho mucho daño. Nunca esperé eso de ti, y creo que no merezco un trato así, por lo que me voy y no quiero saber más de ti en mi vida. No mandaré a nadie a recoger mis cosas, vendré personalmente.
- Por favor, no te vayas, lo podemos arreglar.
- No. Éramos sólo tú y yo, nadie más. Te entregué todo y tú te entregaste a otro. No merece la pena seguir con esto.
- Pero yo te amo, fue un error, Dan.
- ¿Un error?
- Sí, lo es, porque yo te quiero a ti y quiero estar contigo.
- Lo siento, pero ahora no puedo creerlo.
- Por favor…
- Eres el amor de mi vida y no sé si podré superarlo. Pero no puedo soportar que te fueses con otro. La verdad es ésa, lo siento, pero ahora eres parte del pasado.
- Pero si me quieres, ¿desde cuándo soy parte de tu pasado?
- Desde que te follaste a Mike.
- Sólo fue una vez…
- Con una vez basta para que el mal esté hecho.
- Por favor, no te vayas, lo siento.
- ¿Y qué quieres que haga? ¿Quieres que lo olvide? ¿Quieres que haga como si él no hubiera estado contigo? No puedo…
- ¿Por qué no puedes? No ha significado nada.
- Para mí sí, yo te amo y lo haré siempre, pero la confianza es algo que no volveré a recuperar… Te amo, pero no podré volver a confiar en ti nunca.
Ella empieza a llorar, desconsolada. A él se le parte el corazón, le coge con suavidad de la barbilla, levanta su cara y le besa en la frente.
- No estés triste, la vida te traerá felicidad.
Él sale por la puerta. Ella se gira hacia él y le dice ‘Estoy embarazada, y es tuyo’.
Él vuelve a llorar, ahora de felicidad.
¿Qué hará ahora? ¿Renunciará a sus principios o se quedará con ella por el bien de su futuro hijo?
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