Tienes siete años y no levantas ni un metro y medio. Pesas poco, ni cuarenta kilos, eres un jijas, un crío. Es el día antes de empezar el colegio, tercero de primaria; es principio de septiembre. Aún hace calor, aunque es poco. Este mes se empieza a hacer cuestaarriba en León, tu ciudad natal.
Son las siete de la tarde y tu madre te dice '¿Por qué no bajamos un poco a las canastas de baloncesto?'. Tú le miras extrañado. Baloncesto piensas para ti. Tú siempre has querido jugar a fútbol, ésa es la verdad. Hasta ahora, has hecho dos años de pre-deporte, un robatiempo, algo para que estuvieras entretenido. Tú le contestas 'Vale mamá, pero no sé jugar apenas'. Bajais juntos, tus padres, tu hermana pequeña y tú, con un balón naranja que, en esos momentos, te parece enorme. Llegas a la cancha. No tiene ni puerta la jaula, de hecho, aún no es ni jaula, está por montar. Sólo hay tres canastas en las que poder tirar.
Coges el balón, no tienes ni idea de cómo hacerlo. Además, las canastas están muy altas, no llegas. Es frustrante ver que tiras y tiras y no llegas. Te encabritas y miras a la canasta desafiante. Esa cara la has puesto toda tu vida cuando algo se ha interpuesto en tu camino. Lanzas más veces, mismo resultado. Tu madre se acerca a ti y te dice 'Hijo, ¿te gusta este deporte?'. Tú le respondes con un 'No meto ninguna mamá, pero me gusta'. Ella, muy suavemente, se acerca a ti y te dice 'Ya las meterás hijo, tus tíos Jesu y Goyo no aprendieron a jugar ellos solos ni las metían todas de pequeños'. Tú miras a tu madre y le preguntas '¿De verdad podré llegar a ser tan bueno como ellos?'. Ella te responde 'Sí hijo, pero tienes que empezar por apuntarte en el colegio'. Tú asientes, no dices nada más, con ese gesto es suficiente. Lanzas una última vez y entra. Gritas emocionado, casi se te caen las lágrimas al suelo de la emoción.
Ése fue tu comienzo con la canasta. Y ahora, tienes veinte años, han pasado trece años ya: dos años de benjamín, dos de alevín y dos de infantil, todos ellos jugando en el equipo de tu colegio; dos años de cadete y dos de junior, jugando en tu club federado, ya sea en provincial, autonómico o nacional, alternando con el colegio, incluso jugando la final de las series colegiales de la provincia de León, en aquella mítica temporada, donde el equipo del Baloncesto León estuvo en la ACB; tres años de senior, uno en autonómico y dos en provincial.
Vuelves a aquella canasta donde fue la primera vez que tiraste. La miras desafiante, tiras y fallas. Recoges tu rebote, das un bote fuerte, plantas los dos pies, salto fuerte y machacas. Mides casi un metro noventa y pesas sobre ochenta kilos. Has mejorado físicamente, eres un portento sin duda. Pero has mejorado en cuanto a táctica y técnica, sobre eso no hay debate. Recuerdas momento mágicos y tristes: derrotas clamorosas cuando tenías el partido ganado, aquella victoria sobre la bocina con un triple tuyo, robos en partidos, rifirrafes y enfrentamientos, los derbis contra Leonés, tu debut en autonómica y en nacional, los amigos, los enemigos, todos tus compañeros de equipo que se fueron, lo dejaron o siguen contigo. Recuerdas todo y vuelves la vista atrás. Sonríes. Este deporte te ha dado mucho y te ha quitado mucho, pero, por encima de todas las cosas, te ha hecho feliz. Y nunca debes perder esa ilusión que tuviste con aquella primera canasta...


