lunes, 26 de abril de 2010

Muere don Samaranch, sobrevive el olimpismo


Se ha escrito y dicho mucho sobre Juan Antonio Samaranch. Y todo es poco.

Ha muerto, a los 89 años, el artífice del despegue deportivo español y el salvador de los Juegos Olímpicos. Un hombre perteneciente a esa raza de dirigentes deportivos, poseedores, entre otras muchas, de dos cualidades innatas: un liderazgo capaz de unir tendencias diversas, e incluso opuestas, en pos de un fin común; además de la astucia para comprender y adaptarse a los cambios de los tiempos. Hombres de honor y de saber estar. Cada vez quedan menos en el deporte.

Samaranch sufrió la guerra civil en sus carnes, en el terrible frente de Aragón y el cerco sobre Cataluña. Aficionado al hockey sobre patines, tenis y boxeo, pronto demostró sus dotes para la dirección. En 1951, organizando en Barcelona el primer campeonato del Mundo de hockey, ganado por España. En 1955, con el rotundo éxito de los Juegos del Mediterráneo. A partir de 1967, como Delegado Nacional de Deportes y presidente del Comité Olímpico Español. En 1977 fue nombrado embajador en la URSS, y en 1980, presidente del COI.

Levantó a un Movimiento en la quiebra, aristocrático y dividido. Dio entrada a los deportistas profesionales y a los patrocinadores, terminó con los boicots políticos, integró a deportistas y mujeres en los estamentos, independizó económicamente al COI y convirtió a los Juegos, no sólo en el primer acontecimiento deportivo mundial, sino en una ola imparable, que sepulta cualquier prejuicio humano. Como dijo su sucesor, Alejandro Blanco, durante una conferencia pronunciada en Ourense: “el deporte es hoy el mayor factor integrador y el motor social del mundo, por encima de cualquier religión, filosofía o política”. Así es. Comanechi, Bolt o Pistorius, no son una mujer, un negro y un inválido. Son ya héroes universales.

Dicen que los Juegos de Barcelona fueron su momento culminante. Yo añadiría otros dos. En Atenas 96, cuando devolvió a Muhammad Ali, la medalla olímpica que éste había arrojado al río Ohio en un ataque de ira. Algunos vieron a un viejo y a un enfermo terminal. Yo he visto pocas escenas de tal fuerza poética en el mundo del deporte. La segunda fue el emocionante discurso, leído en defensa de la candidatura de Madrid para los Juegos de 2016. Fue su despedida pública, un testamento vital. No le veremos más en los grandes acontecimientos. No le verán más jugando la partida en algún bar de Avión. Su país pasó de marginal a potencia deportiva. Los Juegos que él rescató son hoy el escaparate más portentoso de la grandeza humana. Ese es su legado, eterno. Gracias.


Artículo extraído de internet y escrito por Daniel Montero.

sábado, 17 de abril de 2010

I'll never lie to you

Me encanta que hablemos en inglés - dijo ella sonriente.
Hablaría en ruso si fuera necesario - contesta él.
¿Y por qué aprenderías ruso? - pregunta ella.
Pues por ti, evidentemente - responde él guiñando un ojo.
¡Bobo! - contesta ella sonrojándose -, no me digas eso que ya sabes cómo me pongo de colorada con esas cosas.
Además de ponérsete la sonrisa que tanto me gusta - añade él guiñándola el ojo de nuevo.
Ella agacha la cabeza y se ruboriza aún más, intentando quitar esa sonrisa que tanto odia, pero que por él, sería capaz de ponerla siempre.
Sabes que odio esa sonrisa, no me hagas ponerla - responde ella, queriendo parecer enojada.
Yo en tu caso no la odiaría - dice él decididamente.
¿Y por qué debería ponerla? - pregunta ella, perdiendo todo el 'enojo'.
Ahora no te lo quiero decir yo - replica él, ahora queriendo hacerse el duro.
¡Venga! - contesta ella - dímelo anda...
Sabes que no lo haré - replica él -. Como buen cazurro que soy no me dejo amedrentar.
La mentira es enorme. Ella pone cara de pena y él no puede soportarlo más de diez segundos. Necesita ver su sonrisa, sentir que ella es feliz y disfrutar de ella y de su buen humor y de su alegría.
Vale - dice él, no pudiéndose conterner más - te diré porqué lo digo...
¡Sí! ¡Venga, dímelo! - dice ella, sonriendo nuevamente, produciendo en él una alegría aún mayor si puede.
Porque te hace más bonita - contes él pausadamente -, si es que eso es posible claro.
Ella se da la vuelta, roja como un tomate. Él la abraza, la gira suavemente hasta que están frente a frente y la mira fíjamente a los ojos mientras la sonríe.
No sé porqué me mientes diciéndome estas cosas tan bonitas - replica ella.
Nunca te miento - contesta él -, lo sabes de sobra, no está en mi forma de ser, en mi naturaleza.
Pues no lo hagas nunca - añade ella mirándole a los ojos, haciéndole derretirse por dentro por besarla, pero conteniéndose por miedo a cómo actuará ella -, ¿me lo prometes?
Te lo prometo - responde él -, y sabes que nunca incumplo mis promesas.
Lo sé - añade ella, abrazándole -, gracias de verdad.
Gracias a ti - responde él apretándola fuertemente entre sus brazos.
Él sabe que no lo ha cumplido, que acaba de romper esa promesa, si es que en algún momento no lo hizo. Él piensa que es mejor vivir en el engaño y no contarla la verdad, que decirla lo que siente de verdad. Conservará ese secreto que es tan importante para él, que debe permanecer guardado, preservado, para él sólo y para nadie más: ese secreto que no es otro que que está enamorado de ella. Piensa que porqué no se lo va a decir, que no pierde nada por intentarlo, y piensa que si no se arriesga nunca sabrá si perderá o ganará, peero, al final, llega a la conclusión de que si no arriesga podrá ganar o perder, pero que si no se arriesga ganará seguro, porque conservará su amistad con ella; algo que sin duda más vale la pena que perderla, pues no se imagina una vida sin su sonrisa a diario...

jueves, 15 de abril de 2010

One after one

Podría pasarme toda mi vida golpeándome contra esa pared, una y otra vez, sólo con la idea de poder atravesarla algún día. Todo empezaría cuando pensase que esa pared no me va a detener y que la puedo superar. Iría hacia ella y me estamparía. Puede que me rompiera la cara, es probable. Pero eso no me detendría. Me levantaría y volvería a correr contra la pared, me chocaría con ella y me golpearía de nuevo. Así, sucesivamente, lo seguiría haciendo, hasta que, por fin, un día esa pared ceda y se derrumbe. No digo que sea hoy ni mañana ni pasado, quizá tarde varios días o quizá tenga que emplear años, pero, ¿por qué no parar? ¿por qué seguir intentándolo si sé de sobra que voy a estrellarme de nuevo? Por pura cabezonaría podría pesar, pero no es así. Lo hago, porque a fin de cuentas, es sólo una pared, y las paredes acabando cediendo al empuje de la voluntad...

lunes, 12 de abril de 2010

Luchamos por nosotros y por lo que han estado antes


Echados en el suelo boca abajo, manos contra el suelo, la cara suplicante y dolorida, que se llena de sudor por el esfuerzo. Pero eso no es suficiente, están cansados, están exhaustos, han entrenado muy fuerte, han trabajado muy duro, lo han dado todo. Se han esforzado hasta el límite y ya no pueden más. Una voz fuerte resuena en el pabellón diciéndoles que no se dejen vencer, que sigan adelante, que si han sufrido es sólo una parte del objetivo a alcanzar. Le miran pidiendo que paren ya, que han llegado a su límite, que no pueden más...pero una parte de ellos sabe que deben seguir, pero no son lo suficientemente fuertes de voluntad para superar este cansancio.

El entrenador se pone en cunclillas para hablarles, y ellos escuchan lo que él les tiene que decir. '¿Habeis llegado a vuestro límite? ¿de verdad habeis llegado? Pues entonces es hora de pasarlo. Cuando yo jugaba mi entrenador me decía que tenía que alcanzar el límite y superarlo, aunque sea sólo un poco...ya que ese es el verdadero espíritu de este juego y en eso consiste la superación, en avanzar poco a poco, superándose paulatinamente y siendo hoy un poco mejor que ayer. Me dijo esto porque quería que yo fuese mejor, no sólo en el baloncesto, sino también en los estudios, con la familia, en el colegio...en la vida en general. Me dijo esto y ese ha sido el mayor detalle que nadie ha tenido por mí. Mi antiguo entrenador falleció hace unos años, diciéndome que estaba orgulloso de la persona en la que me había convertido. Le estoy agradecido por haberme hecho la persona que soy ahora, y me gustaría a mí hacer lo mismo con vosotros...'

Silencio sepulcral en el pabellón. Nadie dice nada, todos están callados, no se oye ni los balones rodar, sólo el ruido del segundero del reloj moviéndose, alargando ese silencio que parece eterno.

'Vamos tíos' se oye en el pabellón, dicho por un jugador que rompe el hielo y sigue haciendo flexiones. Uno a uno, sus compañeros le van imitando y empiezan a hacer flexiones. Acaban las 20, se levantan, se ponen a entrenar. Ruedas de pase, de tiro. Contraataques.

El entrenador no dice nada, sus lágrima hablan más que sus palabras, por mucho que las intente contener. Mira al cielo y da las gracias a alguien que desde arriba le está acompañando en esta tarea para formar a sus jugadores, esas personas de las que él está tan orgulloso y que tanto son para él.

Acaba el entrenamiento, los jugadores están derrengados, con la respiración acelerada y embadurnados en sudor, pero no hay quejas de ningún tipo, sino sonrisas de satisfacción por el trabajo bien hecho.

El entrenador se sitúa en el centro de la pista y levanta la mano en alto. Todos los jugadores la ponen junto a la suya, como parte del ritual del equipo. El entrenador lo comienza diciendo 'un, dos, tres...'. Ellos gritan 'Ubuntu'.

Está toda la suerte echada ya, mañana es la gran final. Pero no importa si pierden o ganan, aunque todos en sus corazones desean ganar eso no es lo realmente importante, porque lo increíble es que ha conseguido convertir a un grupo de críos en hombres...

martes, 6 de abril de 2010

V

''Voilà! A primera vista un humilde veterano de vodevil en el papel de víctima y villano por vicisitudes del destino, este “visage” ya no más velo de vanidad es un vestigio de la vox populi ahora vacua desvanecida. Sin embargo esta valerosa visión de una extinta vejación se siente redivida y ha hecho voto de vencer el vil veneno de estas víboras en avanzada que vela por los violentos viciosos y por la violación de la voluntad. El único veredicto es venganza, vendetta, como voto, y no en vano, pues la valía y veracidad de ésta un día vindicará al vigilante y al virtuoso. La verdad, esta vichysoisse de verborrea se está volviendo muy verbosa. Así que solo añadiré que es un verdadero placer conocerte y que puedes llamarme V".