
No fue una gran estrella en la NCAA, donde su actuación en Northern Illinois no le valieron un lugar en el draft de 1992. Tampoco llegó a la NBA ni fue un americano de renombre en el viejo continente, donde pasó por Finlandia y Lituania antes de aterrizar en el EBA del Unicaja. La lesión de Babkov le abrió la puerta de la ACB, donde solo jugó 11 minutos en un partido, en la inolvidable 1994-95 del cuadro malacitano. De ahí a Albolote, a Huesca, antes de su periplo por Turquía –donde obtuvo pasaporte comunitario-, Israel y Polonia. Sin embargo, pasada la treintena, Antwon Harmon Johnson vivió la etapa más bonita de su carrera, en el año que define su vida como jugador.
Como iba a imaginarlo cuando llegó a Granada. Como iba a visualizar el ansiado ascenso milagroso a la ACB en esa 2001-02. En la ciudad de la Alhambra, desde el primer día fue “Antuán”. No se pudo hacer querer más. “Lo que este hombre fue capaz de hacer por su club no lo he visto nunca a un extranjero”, escribía en Basketconfidencial Juan Ortiz. Jugaba incluso lesionado, se hizo el líder del equipo e incluso renunció a su sueldo para fichar a otro extracomunitario y así poder conseguir el ascenso, que disfrutó entre lágrimas. Desconocido en el resto del país, en Granada jamás nadie le olvidará.
Tras un año más en Israel, Antwon dejó el baloncesto para convertirse en asistente social, ayudando a pobres y personas discapacitada, además de aconsejar a adolescentes conflictivos. Llegó a tantear las altas esferas en el basket, participando como consejero en las ligas de verano de los Bulls, aunque, como en su carrera, su destino estaba fuera de los focos mediáticos. Antwon acabó como entrenador de un equipo femenino de Illinois. Cuando lo cerraron por sorpresa, en 2009, centró sus esfuerzos en el proyecto de “Chicago hope Academy”, una escuela de corte cristiano –aunque abierta a otras religiones- que busca completar la formación académica con la humana. Él, claro, se encargó del área deportiva, llevando también al equipo de basket, al que ha hecho capaz de competir contra centros diez veces más grandes. Además, le queda tiempo para dirigir al Ajay’s Elite, uno de los mejores equipos de la categoría (17 años) en Chicago. Allí, con orgullo, entrena a su hijo Torrance, que firmaría la carrera tan modesta y a la vez tan grande de su papá.
Como iba a imaginarlo cuando llegó a Granada. Como iba a visualizar el ansiado ascenso milagroso a la ACB en esa 2001-02. En la ciudad de la Alhambra, desde el primer día fue “Antuán”. No se pudo hacer querer más. “Lo que este hombre fue capaz de hacer por su club no lo he visto nunca a un extranjero”, escribía en Basketconfidencial Juan Ortiz. Jugaba incluso lesionado, se hizo el líder del equipo e incluso renunció a su sueldo para fichar a otro extracomunitario y así poder conseguir el ascenso, que disfrutó entre lágrimas. Desconocido en el resto del país, en Granada jamás nadie le olvidará.
Tras un año más en Israel, Antwon dejó el baloncesto para convertirse en asistente social, ayudando a pobres y personas discapacitada, además de aconsejar a adolescentes conflictivos. Llegó a tantear las altas esferas en el basket, participando como consejero en las ligas de verano de los Bulls, aunque, como en su carrera, su destino estaba fuera de los focos mediáticos. Antwon acabó como entrenador de un equipo femenino de Illinois. Cuando lo cerraron por sorpresa, en 2009, centró sus esfuerzos en el proyecto de “Chicago hope Academy”, una escuela de corte cristiano –aunque abierta a otras religiones- que busca completar la formación académica con la humana. Él, claro, se encargó del área deportiva, llevando también al equipo de basket, al que ha hecho capaz de competir contra centros diez veces más grandes. Además, le queda tiempo para dirigir al Ajay’s Elite, uno de los mejores equipos de la categoría (17 años) en Chicago. Allí, con orgullo, entrena a su hijo Torrance, que firmaría la carrera tan modesta y a la vez tan grande de su papá.
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