
Las 6 de la mañana en el reloj. Meto la llave en la cerradura, doy unas vueltas con un suave giro de muñeca y la puerta se abre. Llega hasta mi nariz un dulce olor a Melocotón, de una colonia que conozco más que de sobra. Enciendo la luz y dejo las llaves en el cesto para las llaves, mientras se acerca hasta mí una pequeña bola de pelo marrón, mi niño, mi cocker, que ha llegado rápidamente a recibirme como todos los días que llego tarde. Me agacho, le acaricio y él me mira con ojos de satisfacción, que sólo yo sé percibir en sus oscuros y profundos ojos.
Me quito la cazadora mojada y la cuelgo en una silla de la mesa del salón. Me voy al baño y me lavo la cara, que muestra síntomas de fatiga ya. Entro en mi habitación, me quito el jersey, tirándolo al suelo. “Mañana lo lavo” pienso para mí. Me siento en la cama y me quito las zapatillas. “Por fin libres” pienso para mí. Me remango los puños de la camisa y me llevo las manos a la cara mientras rompo a llorar, tratando de ocultar las lágrimas que brotan de mis ojos y recorren mis mejillas. Miro la mesilla un segundo y abro el primer cajón, y allí está, una foto tuya de tamaño medio, que cojo con suavidad con la mano izquierda y la coloco entre mis dedos, sin apretarla, por miedo de que se pueda romper si la aprieto mucho. Entonces ya no puedo controlar las lágrimas nada más y estallo en sollozos, como un niño pequeño al que se le ha caído un caramelo, que tanto insistió para que su madre se lo comprase, y que ahora ya no puede disfrutar. La respiración se me entrecorta y tengo los pómulos empapados. Coloco una mano cubriéndome los ojos, mientras con la otra sujeto la foto.Dejo la foto en la mesilla boca abajo, para no ver a quien está en ella. Me tumbo en la cama sin ni siquiera quitar la colcha que la cubre, y entonces, me pongo a recordar. En esa cama tantos ratos juntos, abrazados, comiéndonos a besos. Recuerdo horas enteras contándonos secretos y compartiendo nuestras cosas. Recuerdo las veces que hemos puesto nuestra canción en el reproductor de la mesilla y la vez que llené esa cama de pétalos de rosa para ti. Recuerdo las veces que allí hemos hecho el amor, no puedo contarlas, pero recuerdo la primera vez, la que fue especial, la primera vez que tú te entregabas a alguien, con todo lo que conllevaba. Recuerdo levantarte de la cama después de pasar la noche juntos y ponerte mi camisa, que tan holgada te quedaba, para ir a hacer cualquier cosa. Recuerdo preguntarte ‘¿por qué te la pones si ya te había visto desnuda?’ y tú contestarme ‘ahora ya no me volverás a ver nunca’, y volvías a tumbarte en la cama nada más volver a la habitación, a envolverme con los brazos y a pedirme que no te dejase ir nunca. Te lo prometí y tú hiciste lo mismo.
¡Cuánto tiempo ha pasado de eso! Ahora ya no hay una cama con alguien esperándome cuando llego a casa cansado de trabajar, del entrenamiento, de hacer recados o del gimnasio. Ahora ya sólo me recibe ese pequeño animalillo, que ahora observa la escena, con esos ojos profundos, que se sube encima de la cama a olisquearme y a acurrucarse conmigo. Nadie me conoce como él, mucho tiempo llevamos juntos ya. Mucho hemos vivido; hasta unas vacaciones en la playa. Él vivió esa historia conmigo y fue mi mayor soporte, y aunque sea un animal y se crea que no tienen sentimientos ni mente, yo estoy seguro de que él me comprende mejor que nadie, y sabe lo que me pasa.
- ¿La echas de menos? – le pregunto, mientras le cojo la cabeza entre las manos, esperando una respuesta. Él me mira profundamente e inclina la cabeza hacia adelante. Yo sonrío y pienso para mí ‘¡qué locura! ¡hablándole al perro!’. – Yo también, créeme.
Me tumbo en la cama y cierro los ojos, intentando dormir y que todo se pase. Y es entonces cuando lo vuelvo a notar. Ese perfume a melocotón, que tanto he olido antes, que tanto me gustaba y que me es tan familiar. Ese perfume que es tan dulce y tan agradable. Ese perfume que aún perdura en mi cama. Ese perfume que no es otro que el tuyo…










