
Levanto los ojos y miro el marcador. Veo un 82-83, con apenas 15 segundos por jugar.
Hay tiempo muerto y nos sentamos los cinco jugadores de pista en el banco, esperando órdenes del entrenador.
El pulso se acelera, las manos tiemblan, sudo más de lo que me esperaba para lo poco que he jugado. El entrenador me habla, no le escucho. Estoy absorto en mi mundo, apenas me llega su voz de fondo. No consigo entender ni la mitad de lo que dice.
De repente, vuelvo en mí y lo veo dibujando en la pizarra la jugada a realizar. Habrá doble bloqueo al base, recibe y encara el 1x1 contra el contrario. Con suerte habrá cambio de hombre y uno se quedará sólo para tener oportunidad de un tiro claro. No esperaba formar parte de esta jugada, pero el entrenador me mira y me dice ‘San Martín, estás de base’.
El pulso se vuelve a acelerar y creo que mi corazón va a salirse de mi pecho o estallar ahí dentro. Siento miedo y orgullo. Nervios y seguridad. Nunca había tenido esa oportunidad. Soy joven e inexperto en esas situaciones. No creo que haya disputado una de esas desde cuando era pequeño y no pensaba en esto como en algo serio.
El saque se hará desde medio campo. Miro a mi defensor, que clava sus ojos en mí. Está en tensión, está nervioso. Y yo lo estoy más.
Balón en manos de mi compañero para sacar. Me muevo, mi defensor me sigue. Nos zarandeamos, pero al fin me logro escapar. Recibo y se la dejo mano a mano al escolta. Corro mientras él encara a su defensor. Se sitúa a la izquierda y yo en medio de la zona. Paso el bloqueo y recibo. 6 segundos sólo. No hay cambio en defensa. Encaro a mi defensor, cambio entre las piernas y por delante. Me voy de él. Paso adelante, fijo los pies, me equilibro y lanzo. Suena la bocina. Dejo estirada la mano. ‘Nunca la bajes’ me decía mi entrenador en los ‘entrenos’. No cierro los ojos, quiero verlo. El balón vuela hacia el aro, lo toca, da una vuelta en él y se sale.Me tiro al suelo, rompiendo a llorar como un niño pequeño al que se le ha caído el caramelo. Mis compañeros se lamentan, mis adversarios saltan de alegría. La victoria es suya y con ella el derecho al título de campeones de liga.
Toda la temporada entrenando, trabajando, esforzándonos… para nada. Analizo tirado en el suelo y envuelto en lágrimas qué he podido hacer mal para fallar ese tiro. Lo hecho perfecto, he hecho todo lo que me enseñaron para hacer un buen tiro. No lo entiendo.Despejo las lágrimas como puedo, las aparto de mis ojos con la camiseta empeñada en sudor. Me escuecen pero no me importa. La rodilla me duele, pero no importa. Unos brazos me aferran fuertemente contra un hombro. No quiero abrir los ojos, para evitar las lágrimas que caen por mi cara. Tampoco es necesario, sé perfectamente quién es. El tacto de la chaqueta de traje y la voz diciéndome ‘no importa, lo has hecho bien’ son más que delatadoras. Mi entrenador me sujeta entre sus brazos para evitar que me desmorone como un edificio en demolición.
Sigo pensando qué pude hacer mal. La única solución que encuentro es que no soy lo suficientemente bueno para afrontar eso. Debí haber hecho lo contrario: haberme quedado en una esquina solo para el tiro, en lugar de acaparar el protagonismo que otros se merecen. Otro podía haberse jugado ese tiro y haberlo metido. Soy joven e inexperto. No tengo la suficiente confianza para hacerlo y dudo que vuelva a tenerla.
¿Por qué lo hice? ¿Por qué no hice otra cosa? ¿Por qué no fui capaz de conseguirlo?
Será que no lo merezco. Será que ese es mi sino. Será que mi destino está ya sellado. Será que mi vida está diseñada así...






